Los que escribimos estas
Històries Blanc i blaves no podemos
ocultar nuestra fascinación por las pequeñas anécdotas, fotografías y
textos, hoy en día en el olvido, que nos acercan la realidad de las
gentes que en los tiempos heroicos dedicaban parte de sus
anhelos al RCD Espanyol. No hablan de grandes hazañas deportivas, ni de
jugadores adorados por las masas, pero sí forman parte de la historia
de la institución, y por ello merecen ser conocidas y evocadas. Hoy,
gracias a la generosidad de la familia Liesa, podemos recuperar otro de
esos pequeños capítulos de nuestra historia doméstica.
Todavía tenemos fresca en nuestra retina la imagen del emblema del
Benfica, el águila Victoria, que gracias a las denodadas atenciones de
su cuidador, Juan Bernabé, hace las delicias de los aficionados
vermelhos antes de cada encuentro, y en función de las vueltas que de
alrededor del estadio Da Luz antes de posarse en el centro del terreno
de juego, ejerce de alado oráculo que pronostica si
la tarde va a ser de éxitos o decepciones para los colores lisboetas.
Los que han visto el espectáculo de la rapaz destacan unánimemente la
originalidad del invento, pero como casi todo
en esta vida, si nos sumergimos en los archivos y las musas nos
acompañan en
nuestra búsqueda, siempre encontramos un precedente histórico. Así, si
miramos al pasado de nuestro club, puede decirse que en cierta manera
fuemos pioneros de esta práctica a caballo entre el espectáculo
circense y la devoción por unos colores.
Viajemos a finales de la década de los 40. En la calle Arco del Teatro,
corazón del antiguo Barrio Chino, que en la memoria colectiva aún
conserva el atávico nombre de Trencaclaus, y cuya vertical
claustrofobia
tan extraordinariamente ha retratado en su obra “La sombra del Viento”
Carlos Ruiz Zafón al ubicar en ella el siniestro Cementerio de los
Libros Olvidados, se reunen cada tarde que en Sarrià hay partido un
grupo de aficionados blanquiazules. Deslizándose entre las peñas
flamencas, las tertulias taurinas, los bares de prostitución plagados
de lechuguinos y los aromas de cazalla, portan en sus manos algo que
llama la atención primera vista: unas cajas decoradas con los colores y
el escudo del RCD Espanyol. Este grupo, que se autodenomina Colla de
las Palomas, inició allá por el año 48 una curiosa tradición, la de
sacar de sus palomares sus mejores ejemplares y enjaulados portarlos al
campo.
¿Por qué usar palomas, y no águilas, periquitos o incluso gatos,
animales a los cuales en realidad debemos nuestra simpática
denominación? Como en aquellos años probablemente el utilizar una
águila al estilo de la Victoria del Benfica hubiese sido harto
complicado, y la economía de posguerra tampoco estaba para muchas
alegrías, el ingenio de nuestros antiguos consocios les hizo pensar en
una solución sencilla, a la vez que al alcance de cualquier economía:
la colombofilia, que aportaba la ventaja nada desdeñable que los
animalitos a causa de su extraordinaria habilidad para volver a casita
sin perderse por el camino, evitaban indefectiblemente acabar en alguna
cazuela, porque el hambre
en aquellos días aún causaba estragos en los estómagos de todos los
españoles.

Así, gracias a estos corajosos españolistas, durante unos cuantos años,
el vuelo de las palomas acompañó las
salidas al terreno de juego de los Arcas, Teruel, Parra, Fábregas,
Veloy y Piquín, y también en los momentos de más pasión, las aves
salían de su jaulas para revolotear sobre las gradas de La Manigua.
Asimismo, como declarase el líder de la Colla, José Julián, fueron
testigo de excepción del 6-0 endosado al FC Barcelona el 15 de abril
de 1951 el día que a Daucick se le atragantó la táctica del fuera de
juego que solían practicar los azulgranas. Por lo visto, los simpáticos
animalitos manifestaron para tal ocasión un remarcable
entusiasmo.
De este curioso grupo hemos tenido noticia gracias a que Eduardo Pou,
mítico secretario y a la vez uno de los fundadores de la Peña Central
(la
Blanquiazul) junto a los Francisco Cano, José María Salvador, Manuel
Guallart, José Cervera, Sanmartín y Ricardo Aranda, se fijó en ellos y
decidió hacerles una entrevista en la publicación que distribuían entre
sus asociados. Esa gacetilla, que
hubo de mudar su nombre del original El Cencerro a El Españolista (sin
duda, por coincidir en la cabecera con la popular revista satírica),
dedicaba una de sus páginas a recoger las impresiones del mencionado José
Julián. Cabíanos la duda de conocer el ánimo con el
que los periquitos (los no alados, entiéndase) que en aquellos tiempos
poblaban la grada de Sarrià
acogieron a sus nuevas vecinas, las palomas de la Colla. Julián nos
despejó la incógnita con sus propias palabras:
“Tanto si lo cree como si no, no tengo ninguna anécdota digna de ser
comentada, pues nuestras palomas son por regla general bien vistas y si
existe alguien que lo cree así no serán precisamente blanquiazules los
que se hallen en este caso y por lo tanto me tienen sin cuidado.
Solamente debo decirle que estos animalitos también llevan la alegría a
nuestros hogares, ya que nuestras familias reciben con cariño la
llegada de estas palomas a nuestros domicilios, portadoras por los
aires
de nuestras victorias a los hogares españolistas”.

Como colofón a esta pequeña historia, y a nivel de anécdota, cabe decir
que el día en que Ernesto Vilches realizó la fotografía adjunta, las
palomas tuvieron ocasión y motivo justificado para efectuar sus
acrobacias, puesto que el
Espanyol de Alejandro Scopelli remontó al Valencia de Jacinto Quincoces
un 0-1, gracias a un gol del chileno Jaime Ramírez Banda y otro de Antoni
Cruellas a cinco
minutos del final. Si recibieron una dósis de oxígeno como premio, nada
dice la gacetilla que hemos consultado… Sirvan pues estas líneas de
homenaje a estos grupos de aficionados que en buena medida no dejan de
ser unos precursores más del movimiento peñístico del RCD Espanyol.
Jordi Puyaltó & Xavier Boró
historiesblanciblaves@gmail.com
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