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LA SOTA DE BASTOS

12/02/2007

Echar la vista casi un siglo atrás, a los tiempos heroicos de nuestro
club, siempre supone encontrarse con historias curiosas y divertidas
propias de una época pasada. Normalmente las protagonizaban
personajes de caracter, hombres intrépidos que eran los que en sus
inicios se aventuraron a enrolarse en los teams de esa curiosa y bárbara
práctica deportiva llamada foot-ball.
Uno de esos personajes emblemáticos, que ya ha aparecido por este
negociado nuestro en otras ocasiones, fue Santiago Massana. “Tiago” era
un verdadero sportsman, al estilo de lo que explicamos en su día del
hollywoodiense (e íntimo amigo de nuestro protagonista de hoy) Félix de
Pomés.

Don Santiago Massana, capitan del Espanyol, era hombre de un físico
portentoso y gran amante de la práctica polideportiva, y buena muestra
de ello es que
en 1916 se proclamó recordman español de triple salto, y un año más tarde
repitió hito esta vez en lanzamiento de peso, en una prueba efectuada en
San Sebastián. Un tiempo más adelante, cuando cometió en un momento de
ofuscación
el gran error de vestir la camisola azulgrana, no dudó ni un instante en
interrumpir
una semifinal del
Campeonato de España, descontento con el cariz que tenía el arbitraje,
cogiendo el balón del terreno de juego y marchando tan campante con él al
vestuario...
Pomés, nuestro particular héroe hollywoodiense, había conocido a
Massana en la tertulia de la Casa Moritz, frecuentada por lechuguinos de
diferente pelaje, entre los que estos bohemios deportistas, amantes de la
juerga y la vida nocturna, y que jamás decían que no a los atractivos de
una buena pelea a puño descubierto, encontraban su caldo de cultivo
ideal. Allí hablaban de todo, especialmente de féminas, materia en la que
Massana era todo un experto; recordemos como, picado en su orgullo de
conquistador por los mayores éxitos en estas lides de Félix de Pomés, le
dedicó una poesía al actor no exenta de elevadas dosis de sorna:
¡Ay, Pomés!¡Ay, Pomés!
No seas desalmao
Tus ojos somnolientos
Me han torpedeao
 Fotografía
dedicada por "Tiago" Massana al grandísimo portero Pedro
Gibert.
Vamos allá con una de las anécdotas que protagonizó “Tiago” Massana en su
día, vistiendo la camiseta del Espanyol de Barcelona: en aquellos
tiempos en que el fútbol aún no estaba maleado por
determinados condicionantes, era costumbre el viajar, mediante medios
poco compatibles con el sibaritismo, con destino a otros puntos de España
para disputar series de partidos amistosos; esta práctica se realizaba
incluso en fechas tan señaladas como las fiestas navideñas. En una de
estas aventuras se encontraba enfrascado nuestro Espanyol, a mediados de
la década
de los 10; el equipo, a quien en aquel momento capitaneaba Massana –jefe
de facto de la expedición, ante la inexistencia a esas alturas de la
película de la figura del entrenador en nuestro club-, desplazose a
tierras vizcaínas para disputar un par de amistosos ante el Athletic de
Bilbao cuyas huestes comandaba el inconmensurable Rafael Moreno Aranzadi,
“Pichichi”, lo más parecido a un ídolo de masas que se conocía en nuestra
balbuceante práctica balompédica. Como el fútbol en aquellos tiempos era
cosa de caballeros, de gentes nacidas en buena cuna, uno de los requisitos
imprescindibles que se exigían ante este tipo de expediciones era que
alguno de los máximos responsables del club que ejercía de local, se
personase en la estación de tren para recibir y agasajar a la muchachada
del equipo rival, y servirle de anfitrión en su búsqueda de los placeres
que la ciudad pudiese ofrecer a chicos de veinte años, y que en estos
momentos por decoro nos ahorraremos detallar. Y ese papel correspondía,
en el caso del club bilbaíno, al todopoderoso señor De la Sota,
presidente del club y una de las personas más poderosas de toda España,
en su condición de miembro de la familia patricia propietaria de la
naviera De la Sota y Aznar, conocida como “la naviera de los montes” por
su costumbre de bautizar a sus navíos con nombres de la orografía de la
zona. Pero al bajar del convoy, allí no había nadie esperando a los
nuestros, con el consiguiente enfado de los blanquiazules
expedicionarios.


“Cuentan las crónicas que, sea por ignorar la hora de la llegada del
tren o bien por causas ajenas a la voluntad de los directivos bilbaínos,
el equipo del R.C.D. Español no halló a nadie en la estación cuando hizo
su llegada triunfal a la invicta Bilbao. Algo amoscados fueron a la fonda
los equipiers y tras de una breve conversación con un directivo, que allí
llegó informado de su inopinada llegada, fuéronse los jugadores a
descansar”.
La verdad es que tal afrenta no debió sentar muy bien a los chicos, al
ser considerada una palmaria falta de educación por parte de los rectores
del club vasco. Preguntaban sin cesar por el tal señor De la Sota, pero
nadie sabía darles noticia. Al final, el sueño pudo más que el enfado y
subieron a
sus habitaciones esperando que al día siguiente la hospitalidad de los
leones dejase menos que desear… Pero no… a la pensión no acudió nadie del
club bilbaíno. Los jugadores optaron por pasear indolentemente por el
puente colgante, por Igaretxe, contemplando la vida de la ciudad hasta
que llegase la hora de dirigirse al nuevo coliseo de los leones, un
recién inaugurado San Mamés que sustituía al histórico terreno de
Jolaseta. La verdad es que todo eran caras largas y enojo, y para ser
honestos cuando saltaron al terreno de juego existía un indisimulado deseo de
venganza ante el maltrato sufrido...
“… y tras haber paseado unas horas, solitarias, por Bilbao, fuéronse
al campo, dispuestos a defender su escudo y con no muy buen
humor…"
 San
Mamés, década de los 10.
"Comenzose el partido, después de los tradicionales saludos, con
un juego
algo duro que favoreció el lucimiento de las atléticas facultades de
Massana. Abucheó a éste el público y respondió el defensa al griterío con
palabras algo duras. Y fue ello objeto de la primera
bronca…"
 "Pichichi".
Tras convertirse en la primera gran estrella del fútbol español, murió a
causa del tifus contraido por la ingesta de ostras en mal estado. Allí
nacía su leyenda.
"Poco después adelantose el difunto Pichichi con el balón y, al
entrarle
Massana, cayó al suelo víctima del formidable encontronazo… Fue la caída
de Pichichi algo así como la gota de agua que hace rebosar el vaso.
Tirose el público al campo y rodeó a Massana en actitud agresiva;
aprestose éste a la defensa y cuando ya los primeros puñetazos comenzaban
a acariciar las caras de los activos deportistas, un señor, trajeado con
impermeable y sombrero hongo, aproximose al grupo que, ante su
presencia, aplacó la airada actitud en que se movía.
-Ya tenemos aquí a la policía, dijo Santiago Massana.
-Hombre, ¡ha sido usted muy imprudente!... dijo a Massana el recién
llegado…
“Tiago” Massana, hombre al que nadie había osado reprochar nada sin
encontrarse acto seguido con un guante blanco arrojado a su cara, miró a
su interlocutor fijamente y le espetó con sorna:
"-Verá, es que estábamos algo amoscados. Nadie nos ha venido a
saludar, nadie nos vino a recibir a la estación, no conocemos a nadie…
-¡Cómo! –respondió en entrajado caballero- ¿Qué no conocen a nadie?
-No, señor –respondió nuestro capitán-. Yo sólo conozco, de referencias,
a un tal señor De la Sota que, como no sea la sota de bastos, no sé quien
diablos pueda ser…
-Pues… servidor de usted, y gustoso de poder servirle. Porque yo soy el
señor De la Sota al que usted alude con tanto gracejo...

En ese momento, se hizo un silencio tenso ante el cariz que podía tomar
el asunto: Massana, frente a frente a la tal sota de bastos personificada
en caballero responsable de la afrenta sufrida, y un De la Sota que
despertaba a pares respeto y temor entre la gente que ante él se
presentaba. El público parecía esperar una señal proviniente de alguno de
los dos duelistas para reemprender la reyerta. Pero como en definitiva,
el fútbol era un juego de caballeros, y ambos lo eran, el duro defensa
españolista y el gran naviero vasco acabaron fundidos en
un gran abrazo que limó todas las asperezas que en definitiva habían sido
fruto de un descuido sin mala intención. Para lo bueno y para
lo malo, el deporte del balompié en la década de los 10 era algo muy
diferente a lo que desgraciadamente estamos acostumbrándonos a vivir en
nuestras gradas, y ese abrazo fraternal lo simboliza a la perfección.
Jordi Puyaltó & Xavier Boró
historiesblanciblaves@gmail.com
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