La mañana se ha hecho más larga de lo normal porque las esperas de última hora se viven con tal intensidad que parece que no vayan a llegar nunca. Pero esta tarde por fin, después de casi siete interminables años, entraremos a conocer nuestro estadio, nuestra nueva casa en Cornellà-Prat .
Llegamos con prontitud para disfrutar cada momento, a cada paso, como degustando a sorbos pequeños un café corto e intenso. El ambiente por los aledaños se llena de banderas blanquiazules ondeantes que se confunden con las placas luminosas del mismo color con la que está revestida la estructura exterior del estadio, dando una luz especial al cielo en este atardecer histórico de invierno.
La entrada no se puede hacer esperar más, y accedemos entusiasmados y nerviosos por una rampa larga y prolongada que parece que no tenga fin. Los accesos son amplios y cómodos, las escaleras anchas y las indicaciones concretas. Abro bien los ojos y camino despacio, muy despacio para contemplar cada detalle que se me presenta a cada paso. Me impregno del olor a material nuevo, de pintura fresca, de metal recién soldado. Y a hierba recién cortada, húmeda y mentolada, que me vuelve a traer a la memoria recuerdos olvidados de mi niñez y adolescencia del campo de Sarrià .
Y de pronto se hace la luz. Una luz reflejada en las vigas que enredan el interior del estadio conformando una telaraña blanca que sostiene y adorna las gradas. La gama de colores que se perciben va desde el verde intenso del cesped al blanco y azul de las gradas y el cielo, y la luminosidad de los focos se refleja en los rostros de la gente, henchidos de ilusión y emotividad.
Desde esta tribuna inferior intento reconocer en la lejanía la situación de amigos que están esparcidos por otras zonas. Me parece reconocer frente a mi izquierda la silueta de Neus y Esther. Y allá cerca Lluis, y a la derecha debe de andar Andreu, y en el otro gol Vicens, Miquel, "Manelet",... . Y Nuria no debe de andar lejos. Deben de estar exultantes como yo en este momento.
Quiero sentarme ya y estrenar la que es mi posesión más anhelada para contemplar la perspectiva del terreno de juego desde mi posición. Esto será una olla a presión, porque estamos tan cerca que podremos reconocer el aliento de cada jugador sin verlo, y con una sola mirada adivinar cuál será su intención y hasta su estado de ánimo. Adiós a la frialdad y dispersión que hemos sufrido en Montjuich.
Ya estoy más relajado y apoyo las manos en mi cara saboreando con calma este esperado día. Cierro los ojos para ausentarme un instante y quedarme solo con mis recuerdos para compartir este emotivo momento con las personas que hoy no han podido venir. Los que nunca podrán estar aquí.
(Dedicado a la memoria de mi padre, socio nº 463.)