Después de varios días de declaraciones y replicas, de más replicas y más declaraciones apenas me quedo con el artículo publicado el martes por Andoni Zubizarreta en El País y unas palabras de Joan Prat en el programa de televisión del lunes.
Escribía el portero que, "más allá de lanzarse las culpas los unos a los otros, nadie había sido capaz de presentar ninguna medida concreta", excepto la habitual comisión que no servirá para mucho más que una buena comida en un restaurante de postín. También apuntaba que quizá la única posibilidad para que se adoptaran de verdad soluciones era que algún día el agredido fuera el hijo de alguien importante. La realidad es más sencilla. Solo es necesario que una agresión organizada por la afición rival, como la del sábado, se cometa contra la afición y en el campo de cualquiera de los dos grandes. Arderá Troya, avivada por la infantería mediática de unos y otros. Ya se sabe que los robos, las inundaciones o las desgracias en las casas de los pobres son siempre menos desgracias, al menos importan menos.
Volverá a ocurrir. No hay más. Quizá, de momento, no en Barcelona, pero volverá a ocurrir, en algún lugar. Alguno pensará que es una posición resignada. Es probable, pero si se repasa el tiempo que llevan "viviendo" y actuando los Boixos, las Brigadas, los Biris, los Ultra sur, el Frente... Pues la verdad no invita al optimismo. Solo rezó porque todo solo quede en rabia e indignación, en un susto y no haya heridos graves cuando se lancen bengalas o no se controle la presencia de los radicales contrarios, o que los hooligans que de vez en cuando invaden la ciudad e impiden a los ciudadanos pasearse por ella pues también "solo" beban, canten y se meen y vomiten por todas las esquinas. En fin, con estos antecedentes para ser optimista.
Por otro lado, también me quedo con las palabras de Joan Prat en Pericosonline TV, del pasado lunes, donde expresaba sus reticencias a llevar a sus hijos a un campo de fútbol. No solo las entiendo, además las comparto. Y no por el hecho de una situación de extrema violencia, que realmente es excepcional, si no por el hábito de los insultos y actitudes encendidas de muchos aficionados, por ese clima de agresividad verbal y gestual que es la norma de cada partido. No me refiero a exabruptos ocasionales (hay algunas decisiones arbítrales que...) o un gesto airado ante una ocasión clara marrada por la falta de pericia del delantero; No es opera y la pasión es parte del fútbol. Ni quiero dar lecciones a nadie, y yo soy el primero en reconocer que de vez en cuando se altera más de los que quisiera, y de lo que debería. Sin embargo, resulta desagradable compartir la grada con individuos cuyo único objetivo es el de insultar durante noventa minutos, ya sea al árbitro, al rival o a los jugadores de su propio equipo. Desde aquí, un pequeño consejo. Descargar ira en un partido de fútbol ni libera frustraciones ni aligera la mala leche; al contrario, la agrava, y es un riesgo para la salud, de verdad. Y si no que cada uno haga la siguiente pequeña reflexión: ¿Cuando se ha sentido mejor? Independientemente del resultado. ¿Después de animar y festejar? O ¿Después de pasarse el partido cabreado?
Desde luego no es comparable esta actitud, ni es mi intención hacerlo, con la de una organización delictiva, camuflada tras la intención de animar pero cuyo único fin es la violencia. Como no es comparable la situación que se vivía en Inglaterra con los hooligans, pero siempre nos referimos a esa liga como ejemplo a seguir. Ellos no solo tuvieron y mantienen una firmeza policial sin dudas, que abarca todos los aspectos, desde el consumo de alcohol hasta que los violentos no solo no acudan al estadio si no que no viajen, ni salgan de su casa si es necesario. Identificación, control y cerco, sin una fisura ¿Qué demonios hacia un grupo de hooligans bebiéndose un bar antes de acudir al partido? ¿Cómo dejan a otros ultras pasearse por Madrid? Por mucho que luego la policía actuara con rigor. Pero los ingleses entendieron que no era solo una cuestión policial y todos, clubs, policía, políticos, trabajaron para que el fútbol recuperara sus orígenes. Debe de ser una fiesta. Noventa minutos para disfrutar. Han trabajado, y siguen haciéndolo, para "que las familias y los niños puedan volver a los campos" -fue una de las frases bandera en su momento-. Seguro que allí hay broncas e insultos. Es imposible que entre miles de personas no pase, pero al menos tienen claro el objetivo y hacia donde caminar. Y encima les ha reportado beneficios económicos.
Nadie debe de plantearse si llevar o no a sus hijos al campo, simplemente debe de pensar y de anhelar la ilusión que vivirá el día que lo haga.