Una de las razones por las que se ha sentido la marcha de Zabaleta, además de las futbolísticas, fue porque había sido elevado por buena parte de la afición al pedestal de posible sucesor de Pochettino. Más allá de la evidencia existencial de que Mauricio solo habrá uno, y que no creo demasiado en esto de las reencarnaciones (dicho de otro manera, se puede heredar el trono pero jamás será el mismo reinado), la cuestión es si realmente Pablo reunía méritos suficientes para tal posibilidad. El primer inconveniente, de peso y fundamental, es que el puesto ya está tomado, consolidado y aceptado -y no el de heredero si no el de monarca-, vamos que ya tenemos el jugador que desempeña ese rol que tenía Mauricio: líder del grupo, referente de la afición, con calidad y además, muy importante, con la sensatez para sentarse delante de un micrófono y ofrecer casi siempre las palabras más adecuadas, esa capacidad para transmitir tan poco habitual en esto del fútbol. supongo que no es necesario el nombre.
Es verdad también que estas cualidades suelen corresponder a un jugador veterano, y atribuir o buscar las mismas en un joven como Zaba es atrevido y algo injusto -no hay que olvidar que él se ha ido casi con la misma edad que llegó Poche-. De la misma forma que no deja de ser una locura señalar al pobre Callejón como el sucesor de Tamudo. Quizá llegué a ser el nueve del equipo pero Raúl es un símbolo y un referente (encima cuando las cualidades futbolísticas de Callejón se asemejan más a las de Luís, cuestión de procedencia). Por supuesto -ojala- aparezca otro chaval de la casa que cumpla su carrera en el club y marque una época, pero será otro, diferente, único (algún día alguien también superará el record de goles en liga de Tamudo, seguro que pronto, pero ya es imposible que sea el de Marañón). Al mismo tiempo, Raúl representa un objetivo -otra cuestión que no admite ni herederos ni substitutos-, el de que los jugadores de calidad de la casa cumplan la parte más importante de la carrera en el club -no sean siempre vendidos-; en este sentido quizá el jugador que más se aproxima a día de hoy es Jarque. Sin restar importancia, que nadie se equivoque, a los Coro, David, Jonathan y Moisés. Siempre una garantía de compromiso.
Y si las comparaciones son odiosas, cuando en estas entra la genialidad ni siquiera los parecidos son posibles. Un genio por definición es una rareza singular. Con sus virtudes y defectos, Iván es único. Ello no es óbice para que se persiga la incorporación de calidad pero el kilo de este tipo de jugador -y que me perdone Seedorf- anda por las nubes. Así que cualquier comparación con el talento del calvo es, eso, imposible. No nos queda más que confiar en semidesconocidos o tener paciencia con los jóvenes, y aspirar solo a que sean buenos jugadores y que conformen un medio equilibrado donde la construcción sea una responsabilidad conjunta (suena bien y a clase para un futuro cercano una media: Sielva, Jordi Gómez, Román, por ejemplo). El resto son cantos de sirena. Con el agravante de que en este equipo a Iván le toca, o quiere, realizar la función de Pirlo y Kaka al mismo tiempo, y por bueno que se sea... Claro que, y es lo más divertido, no creo que se pueda considerar a Iván como un organizador, al menos al uso, un tipo que maneja los tiempos y distribuye; más bien se acerca a un definidor, a alguien con la capacidad para dibujar una jugada decisiva. Por poner un ejemplo de otro deporte, No sería un base que modula el ritmo, marca la jugada y reparte el juego con seguridad y eficiencia, se acercaría más a uno imaginativo con tendencia a la asistencia espectacular sin mirar el riesgo de la intercepción; de esos que una entrada hasta debajo del aro la quieren adornar con un pase por la espalda, que al final no juega en la NBA por esa tendencia tonta de no mirar el aro.
Quizá el único que si responde a esto de las herencias, aunque más en el plano maestro y alumno, es el gran Kameni, capaz como el bueno de Tomy de la más extraordinaria de las paradas y la más infantil de las cantadas, y sobre todo con ese don para helar la retina del aficionado con un quiebro al delantero lanzado para presionar, o las memorables salidas a una mano de su antecesor.