Todavía no es verano. Y no es por el ya inhóspito clima torrencial que nos ha regalado la generosa primavera. Estamos en una especie de hibernación temporal, en un letargo abducido que nos mantiene adormecidos hasta que suena el pitido inicial de nuestro propio estío. Y eso sucederá cuando el equipo se desplace a Perelada y arranque así de manera oficiosa la temporada también de los aficionados.
Y todo empezará a iluminarse. El día a día previsible y repetitivo de la plantilla se transformará para nosotros en un interés desmedido por seguir las pocas noticias que genera un simple entrenamiento físico. Un pinchazo en los isquiotiviales, una carga de abductores o una ampolla en el pie serán términos que volveremos a escuchar y nos reconfortará el recuerdo de que todo vuelve a la normalidad.
Nos encontramos cada calurosa mañana con la necesidad de ojear cualquier periódico deportivo que se encuentre en nuestro entorno para ojear las dos rigurosas páginas que hablen de la actualidad. O abriremos internet para bajarnos todas las informaciones de los diarios virtuales que hablen del Espanyol. Y en el insomnio de las noches de bochorno estaremos hasta altas horas mendigando esos cinco minutos de limosna que no dan como ofrenda caritativa las radios catalanas a nuestro club catalán. O incluso interrumpiremos una visita guiada a la más célebre de las basílicas, para hacer una llamada de teléfono a un familiar o amigo interesándonos por el resultado de un importante partido amistoso.
Y eso sucederá el 2 de agosto en pleno mes tradicionalmente vacacional. Nos desplazaremos a las islas británicas para disputar un partido que en muchos momentos nos habían hecho soñar durante buena parte del campeonato en el que nos mantuvimos en posiciones de privilegio.
En Manchester nos enfrentaremos a un equipo tradicionalmente de Champions y actual campeón del torneo, y allí, en la Inglaterra del brillante escritor inglés William Shakespeare, viviremos un encuentro inédito que nos trasladará a la máxima competición con la ilusión de imaginarnos algo que pudo haber sido y no fue, y que quedará tan sólo en el recuerdo como
el sueño de una noche de verano.