Dice el refrán que por la boca muere el pez (aunque últimamente hemos oído que el pez vive gracias a una canción del gran Fito), y estos días los animales marinos de nuestra océano españolista parecen haber mordido el anzuelo anunciando a los cuatro vientos que quieren abandonar el barco.
Empezó la tempestad el pasado Martes con el rumor difundido por Tven-3 de que nuestro Presi habría puesto su cargo a disposición de la junta directiva en una reunión de la misma. Las razones concretas se intuyen poco clarificadores. Quizás el Señor Sánchez Llibre haya tenido otras temporadas con motivos de más peso para presentar la dimisión y quemarlo todo, como por ejemplo las dos temporadas suicidas en que nos jugamos en el último partido la categoría. Pero esta vez parecía más una estrategia victimista o una pataleta de desahogo después del insufrible final de temporada.
Al día siguiente nos despertamos con la noticia de que Valverde tenía serias dudas de seguir al frente del equipo, y sin aclaraciones al respecto, la rumorología giraba en torno a la falta de un proyecto ilusionante, a la pérdida de confianza de la directiva o incluso a una depresión post-parto.
Y como no hay dos sin tres, el amigo Riera se despacha a gusto con unas declaraciones a periodistas sin bajarse del coche de que también abandona el barco por iniciativa propia y cargando las culpas a todo bicho viviente, desde directiva hasta el funcionamiento del equipo pasando por los socios y aficionados, como si el estar pertrechado por un flamante Ferrari blanco diera derecho a vomitar todas las ineptitudes del prójimo salvaguardando las propias.
En este círculo vicioso de culpabilidades en el que no se sabe si empieza en los jugadores y acaba en la directiva, o primero es la secretaría técnica y finaliza en los socios, parece que nadie se siente con la suficiente fuerza y autoridad para sacar a flote la nave.
Declinar responsabilidades es una huída hacia delante, un acto de cobardía y una falta de respeto hacia los socios y aficionados que la única obligación que tenemos es pagar religiosamente nuestro asiento con la incertidumbre y el desinterés de no saber que es lo que nos van a ofrecer a cambio.
En este naufragio todo el mundo quiere tirarse al agua antes de que el barco se hunda. Dejemos que el capitán los marineros y la tripulación salten por la borda para salvarse. Como la orquesta del Titanic nosotros seguiremos imperturbables tocando fielmente hasta el final.