Otra de las grandes frases del fútbol es aquella de "jugamos como nunca y perdimos como siempre," que aplicada a los sueños blanquiazules se traduciría en "nos ilusionamos más que nunca para terminar en medio de la tabla, más o menos como siempre," excepto, claro, algunas y contadas gloriosas ocasiones, y otras menos gloriosas que hemos pasado ahogados por los bajos fondos de la liga.
He de reconocer, y confieso, que yo fui de los que apostó por la posibilidad de luchar por la champions a principio de temporada (algo de lo que deje una constancia algo insensata en la cena de presentación de Pol, con demasiados testigos en la mesa). Es cierto que estas optimistas previsiones tenían como condicionantes que algunos equipos de mayor presupuesto no estuvieran finos (como ha pasado con Valencia y Sevilla), que no respetaran las lesiones, cosa que no ha ocurrido, y sobre todo que nosotros mantuviéramos un nivel alto de competición; vamos que los jugadores importantes aguantaran el rumbo durante la liga, algo factible sin la distracción y esfuerzo de jugar en Europa. No ha sido así.
A pesar de los avisos observados desde la pretemporada, no calculaba ni en la peor de las pesadillas que este equipo fuera incapaz de competir los 90 minutos de cada partido. Dice el refrán que el hombre es el único animal capaz de tropezar tres veces en la misma piedra; pues este Espanyol es capaz no de tropezar si no de embarrancar un partido tras otro. Ayer, con el partido de cara, un gol a favor y un rival atrapado en esas angustias que por aquí conocemos tan bien y que llevan a jugarte la categoría en un último partido de infarto, de nuevo el equipo se descompuso cuando debía de haber tirado de oficio para cerrar el partido y no me refiero a las oportunidades perdidas; mucho más sencillo. Táctica de principiantes. Mantener el orden, perder o dejar pasar el tiempo, cerrar espacios, y si es necesario alguna que otra falta y una pequeña tangana, eso que los italianos parece que les enseñan antes de ponerles un balón en los pies. Nos remontaron de nuevo. Es cierto que hubo mala suerte, pero también que de repente, con todo a favor, el equipo se descolocó y permitió acercarse y crecer al Zaragoza.
Durante toda la temporada más que un organizador a este equipo le ha faltado liderazgo. No me refiero a jugadores capaces de agitar al aficionado, a portentos físicos desmelenados o referentes histórico sentimentales, no, me refiero a ese jugador con oficio capaz de dar ese puñetazo sobre la mesa tan reclamado, capaz de levantar al equipo cuando baja los brazos, capaz de dar un paso adelante cuando las dudas enculan al resto hacia atrás, claro que el problema es que los líderes ni se alquilan ni se compran, y tampoco creo que Pochettino este para enfundarse de nuevo los calzones.
Ahora pensar en Europa, ni siquiera en esa puerta falsa de la Intertoto, suena a broma pesada, y no porque las matemáticas, tan obstinadas ellas, mantengan abierta cierta esperanza, pero es difícil de creer que en los 360 minutos de liga que restan este equipo no sufra de nuevo uno de esos vahídos o pájaras que como un virus voraz han terminado por arruinar la fe, las posibilidades y la confianza.
Y ahora qué. ¿Vender? ¿Reforzarse? ¿Cambiar? ¿Echar? ¿Buscar un psicólogo/a? ¿Poner velas a algún santo que no sea afín? ¿Olvidarnos de delirios ofensivos y regresar a viejos cerrajones y autobuses? ¿Ficharemos un medio o un delantero? ¿Cambiaremos supuesta figura por tres del también supuesto montón? O ¿montamos una butifarrada? De momento, lo más importante es el próximo partido, ya no por Europa, simplemente por nosotros, para recobrar ese crédito que hemos perdido, para acabar la temporada con una mínima dignidad, para reconstruir este equipo hundido, para abrir aunque sea un pequeño resquicio para el optimismo, porque empezar una temporada, la que viene, con el ánimo derrotado puede ser catastrófico. Para lo demás, hay tiempo, para parar, para reflexionar y apuntalar este proyecto. O cambiarlo. Sin precipitarse ni excitarse porque en el fútbol las prisas nunca son buenas consejeras, y las cuestiones muchas. Ahora queda un verano largo, muy largo.