"Es el minuto once del partido y Raul Tamudo coloca el balón en el pequeño círculo blanco marcado dentro del área. A escasos once metros de un portero que se va agrandando a medida que él se aleja del balón para coger impulso. El pitido agudo y punzante del árbitro resuena como una orden imperativa en su cerebro que no deja de recordar imágenes vividas hace 15 días en las mismas circunstancias con un desenlace todavía traumático. "No debo fallar", "no quiero fallar", "no puedo fallar"....."
Los psicólogos del deporte definen la autoconfianza como la creencia de que se puede realizar satisfactoriamente una conducta deseada, lo que equivale a la suposición de que el éxito se va a conseguir. Pero si no se consigue, esa autoconfianza se puede perder. Y decididamente nuestro capitán, aunque él no lo sepa, la ha perdido.
Las dudas sobre uno mismo aumentan la ansiedad y rompen la concentración, y esa ansiedad le hace ejecutar a nuestro delantero el penalti con tan excesiva fuerza y precipitación que provoca el tirarlo fuera.
Cuando se está seguro de sí mismo se juega para ganar. Cuando no se tiene confianza se juega a no perder, lo que produce indecisiones al tratar de no cometer errores.
Dicen las frías estadísticas que Tamudo ha errado más de un 36% de los penaltis que ha tirado, pero si los ha fallado es porque ha lanzado todos los últimos 30 que nos han pitado. Y no hay necesidad en este momento de cargarle de responsabilidades, porque esto es un equipo, un conjunto de jugadores, y en estas circunstancias cualquier otro debe asumirlas.
Démosle tiempo para recuperarse anímicamente para que empiece a creer en él mismo y sentirse otra vez importante en esa faceta tan decisiva, porque la autoconfianza se alimenta de la consecución de pequeños logros sobre metas que van avanzando progresivamente.
Y porque seguirá marcando goles importantes, seguirá siendo imprescindible en la delantera, seguirá estando como referencia decisiva en punta, y cuando el tiempo coloque en su sitio las piezas desmontadas de este rompecabezas erosionado, volverá a coger el balón para colocarlo en el pequeño círculo blanco marcado dentro del área y desde la holgada distancia de los once metros tomará impulso mientras en su cerebro esta vez resuena: "No voy a fallarlo", "va a ir adentro" " voy a marcarlo..."